A ver si te sientes identificado: llevas una semana sin correr con fiebre, mucosidad y el sofá como oficina principal. Un día te levantas y por fin te sientes persona. Sales a rodar con la mejor intención del mundo y a los diez minutos aparece: el flato, esa punzada en el costado que te dobla y te deja mirando al suelo.
Tu cuerpo te está avisando: acaba de salir de una guerra y no está para entrenamientos.
Qué es el flato
El término técnico es ETAP: dolor abdominal transitorio asociado al ejercicio. No hay un consenso científico absoluto sobre su causa, pero la teoría más aceptada apunta a la irritación del peritoneo parietal.
Para entenderlo: tus órganos internos —estómago, hígado, bazo— están envueltos en una membrana llamada peritoneo visceral, y la cavidad abdominal está recubierta por dentro por otra, el peritoneo parietal. Entre ambas hay un líquido que permite que todo se deslice con suavidad cuando te mueves.
Cuando corres, el impacto repetitivo hace que los órganos se desplacen y choquen contra la pared abdominal. Si a eso le sumas un estómago lleno, una respiración agitada u otros factores que aumenten la fricción, el peritoneo parietal se irrita y aparece el dolor.
La otra hipótesis, complementaria a la anterior, apunta directamente al diafragma. Este músculo en forma de cúpula es el principal responsable de la respiración y, ante un esfuerzo excesivo o una mecánica respiratoria deficiente, puede sufrir espasmos similares a un calambre. El resultado es el mismo: esa punzada característica en el costado.
Por qué aparece flato justo al volver de una enfermedad
No es casualidad ni mala suerte. Tras una infección, el cuerpo presenta una combinación de factores que crean el escenario perfecto para el flato. Todos a la vez.
El diafragma lleva días trabajando a destajo
Cuando has pasado por un proceso catarral, una gripe o cualquier infección respiratoria, has estado tosiendo, estornudando y respirando con las vías parcialmente obstruidas. Eso, aunque no lo parezca, es un entrenamiento de alta intensidad para el diafragma y los músculos intercostales. Llevan días trabajando sin descanso para expulsar mucosidad y mantener el aire circulando. Están fatigados, tensos y debilitados.
Cuando sales a correr, les pides de golpe que soporten una demanda de oxígeno mucho mayor. Un músculo fatigado al que se le exige un esfuerzo intenso es candidato directo a sufrir un espasmo. Es la misma lógica que un calambre en el gemelo, pero aplicado al músculo principal de tu respiración, en el peor momento posible.
Deshidratación y desequilibrio de electrolitos
Combatir una infección consume muchos recursos, y los líquidos son los primeros en resentirse. Si has tenido fiebre, tu cuerpo ha sudado para regular la temperatura y ha perdido agua y sales minerales —sodio, potasio— en el proceso. A eso se suma que durante una enfermedad se come y bebe bastante menos de lo habitual.
Las consecuencias son directas: una deshidratación, aunque sea leve, reduce el volumen de sangre circulante. Menos sangre significa menos oxígeno llegando a los músculos, incluido el diafragma. Y un músculo mal oxigenado es un músculo propenso a acalambrarse. El desequilibrio de electrolitos agrava el problema porque son imprescindibles para que la contracción y la relajación muscular funcionen con normalidad.
El sistema digestivo, alterado y sensible
Cualquier enfermedad sistémica afecta al aparato digestivo. La propia infección o la medicación —antiinflamatorios, principalmente— pueden alterar la motilidad intestinal y dejar el estómago e intestinos en un estado de mayor irritabilidad.

Al empezar a correr, el organismo desvía el flujo sanguíneo de los órganos internos hacia los músculos que están trabajando, fundamentalmente las piernas.
Si el sistema digestivo ya estaba sensible, ese «robo» de sangre lo irrita todavía más. Un intestino o estómago en ese estado presiona e irrita con más facilidad el peritoneo parietal, desencadenando el flato. Es el mismo principio que explica por qué el flato aparece cuando corres justo después de comer, pero amplificado por la sensibilidad post-enfermedad.
Las reservas de energía, bajo mínimos
El sistema inmunitario necesita una cantidad enorme de energía para combatir patógenos, y la saca principalmente del glucógeno: el combustible almacenado en músculos e hígado. Durante los días de enfermedad, tu cuerpo ha estado tirando de esas reservas para ganar la batalla interna.

Cuando sales a correr, es probable que los depósitos no estén ni al cincuenta por ciento. Correr con poco combustible obliga al organismo a trabajar de forma menos eficiente, lo que dispara antes la frecuencia cardíaca y respiratoria. Esa respiración rápida y superficial que aparece mucho antes de lo habitual es uno de los desencadenantes más directos del flato.
La prisa por recuperar el tiempo perdido
Después de días parado, es normal sentir una mezcla de ganas y ansiedad. Esa prisa lleva a salir a un ritmo superior al que el cuerpo puede manejar en ese momento. Un ritmo demasiado alto genera una respiración superficial y torácica, que sobrecarga los músculos accesorios del cuello y el pecho y no utiliza el diafragma en todo su rango. El resultado es un diafragma que trabaja en condiciones desfavorables y con mayor riesgo de espasmo.
El círculo se cierra solo: te agobias por ir lento, aceleras, respiras peor, aparece el flato, te frustras y la situación empeora. Gestionar este regreso es un reto tanto físico como mental.
Antes de salir
Hidratación proactiva durante todo el día, no solo en el rato previo a salir. Si has tenido fiebre varios días y has sudado mucho, considera reponer también electrolitos con una bebida isotónica, no solo agua. Espera al menos dos o tres horas desde la última comida principal antes de salir. Si quieres tomar algo ligero justo antes, que sea de fácil digestión y bajo en grasa y fibra: un plátano o una tostada con mermelada cuarenta y cinco minutos antes funcionan bien.
Dedica cinco minutos antes de arrancar a activar el diafragma. De pie, inhala por la nariz durante cuatro segundos dejando que el abdomen se expanda —el pecho debe moverse poco—, aguanta el aire dos segundos y exhala lentamente por la boca durante seis, como si soplaras una vela, sintiendo cómo el ombligo se acerca a la columna. Diez o quince repeticiones. Puede parecer innecesario para alguien que lleva años corriendo, pero en este momento el diafragma lleva días funcionando en condiciones adversas y agradece que lo pongas en marcha antes de exigirle.
Durante la carrera
El primer día no tiene objetivo de ritmo ni de distancia. El único criterio es terminar sin dolor. Empieza a un ritmo que te parezca ridículamente conservador, uno en el que puedas mantener una conversación sin jadear. Si el cuerpo pide más, que espere. Si hace falta, usa el método de alternar carrera y caminata: cinco minutos corriendo suave, dos caminando, y repite.
Mantén la respiración abdominal y trata de darle ritmo. Sincronizarla con la zancada ayuda a evitar la respiración caótica: tres pasos inhalando, tres exhalando. Cuando la mecánica respiratoria se rompe, el flato aparece con más facilidad.
Si el dolor aparece de todas formas, no lo ignores ni intentes correr a través de él. Reduce la intensidad de inmediato o para a caminar. Presiona la zona con los dedos aplicando una presión firme pero suave mientras exhalas. Levanta el brazo del lado afectado por encima de la cabeza e inclínate ligeramente hacia el lado contrario para estirar el costado. Una exhalación larga y forzada con los labios fruncidos ayuda a relajar el diafragma. Espera a que ceda antes de reanudar, y cuando lo hagas, más despacio que antes.
Después de la carrera
La recuperación empieza en la primera hora. Bebe agua o isotónico y toma algo con carbohidratos y proteína para empezar a rellenar las reservas que la enfermedad dejó vacías. Esto sienta las bases para que la siguiente salida sea mejor.
Si el primer día solo has aguantado quince minutos sin flato, es un buen primer día. No intentes hacer cuarenta y cinco al día siguiente. La progresión tiene que ser muy gradual: un diez o quince por ciento más de volumen como máximo en cada salida. El cuerpo post-enfermedad necesita estímulos pequeños y tiempo para adaptarse, no una puesta al día acelerada que lo vuelva a tirar.
Para cerrar
El flato en el regreso post-enfermedad tiene una explicación precisa para cada uno de sus frentes: el diafragma lleva días fatigado de toser y estornudar, los electrolitos están bajos tras la fiebre, el aparato digestivo sigue alterado por la infección o la medicación, y las reservas de glucógeno se han consumido combatiendo el virus.
Salir a correr en ese estado y esperar que todo funcione con normalidad es pedirle demasiado al cuerpo demasiado pronto.
La hidratación previa, respetar los tiempos de digestión, activar el diafragma antes de arrancar, empezar a un ritmo que parezca insuficiente y progresar despacio son las herramientas que evitan que esa punzada en el costado arruine cada intento de volver.
Cada corredor ha pasado por esto en algún momento. Los que vuelven bien son los que entienden que el regreso tras una enfermedad tiene sus propios tiempos, y que forzarlos sale caro.